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EL CIELO

28

El habla de los ángeles con el hombre

246. Los ángeles que hablan con el hombre no hablan en la lengua suya sino en la lengua del hombre, y también en otras lenguas que el hombre comprende, pero no en lenguas que ignora. La causa es que los ángeles cuando hablan con el hombre se inclinan hacia él y se unen con él, y la conjunción del ángel con el hombre hace que ambos son del mismo pensamiento, y puesto que el pensamiento del hombre adhiere con su memoria, de la cual sale el habla, se hallan ambos en la misma lengua. Además el ángel o espíritu, al venir al hombre y unirse con él por inclinarse a él, entra en toda su memoria, hasta tal punto que apenas sabe sino que tiene por sí mismo conocimiento de las cosas que el hombre conoce, así pues también las lenguas. Con los ángeles he hablado sobre este particular, y he dicho que acaso creen que hablan conmigo mi lengua maternal, puesto que así se percibe; que, sin embargo, no son ellos que hablan, sino yo, y que esto puede ser claro porque los ángeles no pueden pronunciar una sola palabra de una lengua humana (n. 237); además la lengua humana es natural, mientras que ellos son espirituales, y los seres espirituales no pueden expresar cosa alguna de un modo natural. a esto han contestado que saben que su comunicación con el hombre con el cual hablan tiene lugar con su pensamiento espiritual; pero, puesto que este influye en su pensamiento natural y este coincide con su memoria, que por lo tanto la lengua del hombre les parece como suya propia y asimismo todo lo que hay en su saber, y que esto acontece, porque al Señor ha placido que haya tal conjunción, y, por así decir, inserción del cielo en el hombre; pero que el estado del hombre actualmente es diferente, de modo que no tiene ya lugar tal comunicación con ángeles, sino con espíritus que no están en el cielo. Con los espíritus he hablado también sobre el mismo particular pero estos no han querido creer que el hombre habla, sino ellos en el hombre; así como que el hombre no conoce las cosas que conoce, sino ellos, y que así todas las cosas que el hombre conoce son de ellos. He querido convencerles, mediante varias cosas, que no es así, pero en vano. Quienes se entienden por espíritus y quienes por ángeles se dirá en lo que sigue, donde trataremos del mundo de los espíritus.

247. Que los ángeles y los espíritus se unen con el hombre tan estrechamente que no saben sino que son de ellos las cosas que son del hombre, es también porque entre el mundo espiritual y el natural en el hombre hay tal conjunción que por así decir forman uno; pero puesto que el hombre se ha separado del cielo, ha sido dispuesto por el Señor que con cada hombre haya ángeles y espíritus, y que el hombre, mediante ellos, sea dirigido por el Señor; por esta causa existe tan estrecha conjunción. Diferente sería si el hombre no se hubiese separado, porque entonces hubiera podido ser dirigido por la influencia general del cielo del Señor, sin agregación de espíritus y ángeles; pero sobre este particular detalladamente en lo que sigue, donde trataremos de la conjunción del cielo con el hombre.

248. El hablar de un ángel o de un espíritu con un hombre se oye tan distintamente como el hablar de un hombre con otro hombre; sin embargo, no lo oyen los que están cerca, sino él solo; la causa es que el hablar de un ángel o de un espíritu influye primeramente en el pensamiento del hombre, y por vía interior en su órgano auditivo, haciendo vibrar a este desde lo interior; y el hablar de un hombre con otro hombre influye primeramente en el atmósfera, y por vía exterior en su órgano auditivo, haciéndolo vibrar desde lo exterior. Es, pues, evidente que el hablar de un ángel y de un espíritu con el hombre se oye en el hombre, y, puesto que hace vibrar el órgano auditivo de igual manera, es claro que se oye igualmente distinto. Que el hablar de un ángel o de un espíritu emana de lo interior, penetrando hasta en los oídos, me consta, porque también influye en la lengua, haciéndola vibrar ligeramente; sin embargo, no moviéndola como cuando el sonido del habla mediante ella es articulado en palabras por el hombre mismo.

249. Pero hablar con espíritus ocurre actualmente rara vez, siendo peligroso.1 Es que entonces los espíritus saben que hablan con el hombre, lo cual de otra manera ignoran, y los espíritus malos son tales que profesan un odio mortal contra el hombre, no deseando nada mejor que el perderle, alma y cuerpo, lo cual también acontece con aquellos que se han entregado al fanatismo, hasta el punto de abstenerse de los entretenimientos naturales, convenientes al hombre natural. Algunos de los que conducen una vida solitaria oyen también a veces a espíritus hablar consigo y sin peligro; pero los espíritus que se hallan con ellos son apartados a intervalos por el Señor, a fin de que no sepan que están con el hombre, porque la mayoría de los espíritus no tiene conocimiento de que existe otro mundo que aquel en que están ellos, por consiguiente tampoco saben que en otro lugar hay hombres, por lo cual no es permitido al hombre y a ellos hablarse recíprocamente, porque hablándose lo sabrían. Los que meditan mucho en materias de religión, abandonándose a ellas hasta verlas por así decir dentro de sí, empiezan asimismo a oír a espíritus hablar consigo, porque asuntos religiosos, sean cuales fueren, cuando el hombre de sí mismo se adhiere a ellos, no inter-mezclando varias cosas que son usos y provechos en el mundo, entran más al interior y, permaneciendo allí, toman enteramente posesión del espíritu del hombre; penetran también en el mundo espiritual, causando agitación entre los espíritus que están allí; pero tales hombres son visionarios y entusiastas y cualquiera espíritu que oyen, creen que es el Espíritu Santo, no siendo, sin embargo, más que espíritus entusiastas. Los que son así ven las falsedades como verdades, y viéndolas así se persuaden a sí mismos y también a aquellos en quienes influyen; pero puesto que estos espíritus han empezado a infundir cosas malas, obedeciendo a ellos los hombres, han sido gradualmente apartados. Los espíritus entusiastas se distinguen de otros espíritus por creerse ser el Espíritu Santo, y Divinas las cosas que dicen. Estos espíritus no quieren mal al hombre puesto que el hombre les honra con culto Divino. Con ellos he hablado también algunas veces, divulgándose entonces las cosas detestables que han infundido en sus adoradores. Viven juntos hacia la izquierda en un lugar desierto.

250. Pero hablar con los ángeles del cielo no se concede más que a los que se hallan en verdades procedentes del bien; en primer lugar a los que reconocen al Señor y lo Divino en su Humano, siendo esta la verdad en que se hallan los cielos; porque, como arriba se ha manifestado, el Señor es el Dios de cielo (n. 2-6). Lo Divino del Señor en el cielo es amor a Él y amor al prójimo procedente de Él (n. 13-19). El cielo en su conjunto representa a un solo hombre; igualmente cada sociedad del cielo, y cada ángel se halla en perfecta forma humana, siendo esto por la Divina Humanidad del Señor (n. 59-86); por lo cual es evidente que no se concede hablar con los ángeles del cielo sino a aquellos en quienes las cosas interiores, por las Divinas verdades, se hallan abiertas hasta el Señor, porque en estas cosas influye el Señor en el hombre, y cuando influye el Señor influye también el cielo. La razón por la cual las Divinas verdades abren-las cosas interiores del hombre es que el hombre ha sido creado de manera a que sea, en cuanto al hombre interior, una imagen del cielo, y en cuanto al exterior una imagen del mundo (n. 57) y el hombre interior no es abierto sino por la Divina verdad procedente del Señor; puesto que ella es la luz del cielo y la vida del cielo (n. 126-140).

251. El influjo del Señor mismo en el hombre tiene lugar en su frente, extendiéndose desde allí a todo el rostro, por la causa de que la frente corresponde al amor y el rostro corresponde a todas sus cosas interiores. El influjo de los ángeles espirituales en el hombre tiene lugar en su cabeza, desde la frente y las sienes a toda la parte bajo la cual se halla el cerebro, puesto que aquella región de la cabeza corresponde a la inteligencia. El influjo de los ángeles celestiales, por otra parte, tiene lugar en la parte de la cabeza debajo de la cual se halla el cerebelo, cuya parte se llama el occipucio, desde los oídos por todas partes alrededor hasta la cerviz, porque aquella región corresponde a la sabiduría; todo hablar de los ángeles con el hombre entra por estas vías en su pensamiento; por ello he podido percibir cuales fueron los ángeles que han hablado conmigo.

252. Los que hablan con los ángeles del cielo ven también las cosas que hay en el cielo, puesto que ven por la luz del cielo, en la que se hallan sus cosas interiores; los ángeles ven asimismo mediante ellos las cosas que están en la tierra, porque en ellos el cielo se halla unido al mundo y el mundo al cielo; siendo así que, según arriba (n. 246) se ha dicho, cuando los ángeles se vuelven hacia el hombre se unen a él de tal manera que no saben sino que las cosas que son del hombre son de ellos, no tan sólo las que son de su habla, sino también las que son de la vista y del oído; el hombre, por su parte, tampoco sabe sino que las cosas que influyen mediante los ángeles son suyas. En tal conjunción con los ángeles del cielo estaban los antiguos en esta tierra, cuya era también se llama la edad de oro. Puesto que estos reconocían a la Divinidad bajo forma humana, o sea al Señor, hablaban con los ángeles del cielo como con los suyos, y los ángeles del cielo recíprocamente con ellos como con los suyos, y en ellos el cielo y el mundo formaban uno. Pero el hombre, después de estas eras, iba sucesivamente alejándose del cielo por amarse a sí mismo más que al Señor, y al mundo más que al cielo, en su consecuencia empezó a sentir los goces del amor a sí mismo y al mundo, separados de los goces del cielo, finalmente hasta el punto de no saber lo que eran otros goces. Entonces fueron cerradas las cosas interiores que se hallaban abiertas hacia el cielo, y abiertas las exteriores hacia el mundo, y cuando esto acontece, el hombre se halla en luz en cuanto a todas las cosas que son del mundo y en tinieblas con respecto a aquellas que son del cielo.

253. Después de aquellas eras rara vez ha hablado alguien con los ángeles del cielo, pero algunos con espíritus que no están en el cielo. Las cosas interiores y exteriores del hombre son tales que se hallan vueltas o bien hacia el Señor como hacia su centro común (n. 124), o bien hacia sí mismo en dirección opuesta al Señor. Las que se hallan vueltas hacia el Señor se hallan también vueltas hacia el cielo; las que, por otra parte, miran hacia sí mismos miran también hacia el mundo, y las que miran hacia acá pueden difícilmente ser elevadas. Son, sin embargo, por el Señor elevadas en cuanto puedan serlo mediante la conversión del amor, y esto se verifica por verdades adquiridas del Verbo.

254. He sido informado de que modo el Señor habló con los profetas, mediante los cuales el Verbo fue dado. No habló con ellos como con los antiguos, mediante influjo en sus cosas interiores, sino mediante espíritus que les fueron enviados, los cuales el Señor llenó de Su mirada, y así inspiraba las palabras que dictaba a los profetas, dé manera que no era influjo, sino dictamen; y puesto que las palabras provenían inmediatamente del Señor, se halla por lo tanto cada una de ellas llena de lo Divino, y contiene en sí un sentido interior, el cual es tal que los ángeles del cielo perciben las palabras en sentido celestial y espiritual, cuando el hombre las percibe en sentido natural: de este modo ha unido el Señor el cielo y el mundo mediante el Verbo. De que modo los espíritus son llenados de lo Divino por el Señor, mediante Su mirada, ha sido también manifestado. Un espíritu que es llenado de lo Divino por el Señor no sabe sino que él mismo es el Señor y que lo que habla es Divino, y esto hasta tanto que acaba de hablar; después percibe y reconoce que es espíritu y que no ha hablado de sí mismo, sino del Señor. Puesto que el estado de los espíritus que hablaban con los profetas era tal, dicen estos que Jehová hablaba; los espíritus mismos se llamaban animismos Jehová, según se puede ver no tan sólo en la parte profética, sino también en la parte histórica del Verbo.

255. A fin de que se conozca cual y como es la conjunción de los ángeles y espíritus con el hombre, es permitido referir ciertas cosas, dignas de mención, que servirán de ilustración para formar idea exacta de ella. Cuando los ángeles y los espíritus se inclinan hacia el hombre, no saben sino que el idioma del hombre es el suyo, y que ellos no tienen otro; la causa es que entonces se hallan en el idioma del hombre, y no en el suyo, el cual ni siquiera recuerdan; pero tan pronto como se apartan del hombre, se hallan en su hablar angelical y espiritual y nada saben del idioma del hombre. Cosa parecida ha ocurrido conmigo, cuando he estado en compañía de ángeles y en similar estado que ellos; entonces he hablado con ellos en su idioma y nada he sabido del mío, el cual no he recordado; pero tan pronto como dejé de estar en su compañía me hallé en mi propio idioma. Digno de mención es también que cuando los ángeles y los espíritus se inclinan al hombre pueden hablar con él a cualquier distancia—han hablado también conmigo a distancia tan audiblemente como de cerca—pero cuando dejan de inclinarse al hombre y hablan entre sí, nada absolutamente oye el hombre, aun cuando fuesen junto al oído mismo. De esto ha resultado claro que toda conjunción en el mundo espiritual es conforme la conversión de la inclinación. Digno de mención es también que varios pueden a la vez hablar con el hombre, y el hombre con ellos. En este caso envían un espíritu al hombre al cual quieren hablar; el espíritu emisario se inclina hacia el hombre y los demás se inclinan hacia el espíritu, concentrando así sus pensamientos, los cuales comunica el espíritu. Entonces el espíritu no sabe sino que habla por sí mismo, y ellos creen que hablan directamente; así la conjunción de varios con uno se verifica también mediante la conversión.1 Pero acerca de estos espíritus emisarios, que también son llamados sujetos, y sobre la comunicación mediante ellos, se dirá más en lo que sigue.

256. No es permitido a ángel ni a espíritu alguno hablar por su propia memoria con el hombre, sino por la del hombre, porque los espíritus y los ángeles tienen memoria igualmente que el hombre; si un espíritu hablara por su propia memoria con el hombre, este no sabría sino que fueren suyas las cosas que entonces piensa, siendo, sin embargo, así que son del espíritu: es como reminiscencia de una cosa, la cual el hombre, sin embargo, nunca oyó ni vio; que así es, me ha sido dado saber por experiencia. De ahí tenían algunos de los antiguos sabios la opinión de que los hombres después de algunos miles de años serian restituidos a su anterior vida con todos sus detalles y que fueron también así restituidos. Esta conclusión formaron por la circunstancia de que a veces tuvieron, por así decir, un recuerdo de cosas que, sin embargo, nunca habían visto ni oído; esto acontecía por la causa de que espíritus, por su propia memoria, influyeron en las ideas de sus pensamientos.

257. Hay también espíritus que son llamados espíritus naturales y corporales; cuando estos vienen a los hombres no influyen en su pensamiento como otros espíritus, sino que penetran en su cuerpo y se apoderan de todos sus sentidos; hablan por su boca, y obran por sus miembros; no sabiendo entonces sino que todas las pertenencias del hombre son suyas; estos son los espíritus que poseen al hombre; pero estos han sido por el Señor echados al infierno, siendo así completamente apartados, por lo cual tales obsesiones no tienen lugar actualmente.

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